martes 22 de enero de 2008

El Ruso

"Le había dado la primera pitada al segundo cigarrillo cuando me sobresaltó una luz enceguecedora, y al instante oí la bocina furiosa de un camión que terminaba su descanso bajo la arboleda, el bosque del camino. Al principio no entendía qué quería decirme. El frío me tenía un poco confundido y no paraba de pensar en la velocidad de los colores, en lo imperceptible que se sucede el movimiento entre la oscuridad y la luz.

—¿Adónde vas? —me gritó el hombre. Había bajado las luces y la ventanilla y me miraba con aspecto curioso.

Yo no sabía muy bien qué responderle, cómo explicarle lo que estaba haciendo.

—Yo voy hasta Azul —insistió—. Hago una parada en Catriló. Si te sirve, te llevo, pero apurate que hace un frío de cagarse ahí afuera.

Vacilé un momento, mirando la ruta roja.

—Yo también voy a Azul —le dije, sin moverme.

—Bueno, subí. Tengo agua caliente para el mate.

Me acomodé en el asiento de acompañante y me plantó un termo y un mate en la mano.

—¿Por qué estás vestido así? Sos menonita, ¿no?

—Sí.

—¿Y para qué vas a Azul?

—Voy a armar unos tinglados con una gente.

—¿Y las chapas? ¿Te las voló el viento? —dijo, y se largó a reír muy fuerte—. Ustedes son locos, los alemanes. Andan por la vida así nomás, en camisa y chaleco. Llevan la costumbre en la sangre. A mí no me agarran así en invierno ni por putas. De chico tuve neumonía y no me lo olvido más. Qué sufrimiento. Pero por lo menos tenemos unos matecitos. ¿Sabés cebar mate vos? ¿Toman mate en la colonia?

—Sí —le contesté.

—¿Son habladores, no? —y largó una carcajada larga. Yo le sonreí agradecido.

Así fue como dejé la colonia, en un camión de transporte que llevaba ganado a Azul. El camión era alto, más alto que un tractor, y desde el asiento podía observar el campo manso, vacío, que intentaba despertar a la mañana. Permanecí sentado, en silencio, durante mucho tiempo. Me afanaba por vislumbrar más colores de madrugada desde mi altura, pero el sol nunca asomó de veras. El cielo era un manto de tela grisácea que cubría la tierra enardecida, y no se escuchaba el grito de ningún pájaro. El hombre que me llevaba hablaba mucho, pero ni la velocidad de sus palabras tempranas lograba despertarme de mi sopor. Imaginaba a mi hijo corriendo en ese llano yermo, jugando con las herramientas. Me sentía como un niño sin madre, sin una madre que lo secara después del baño, y cerré los ojos para no llorar".