Abandoné el río para contemplar el mar. No es una larga caminata desde aquí, pero yo me detengo ante cada piedra, las levanto de su lecho húmedo y me apresuro a lavarlas en la corriente fresca. El viento se acelera con cada paso, con cada latido empiezo a oír los fustazos de sal, el rocío de los marineros. La dársena de veleros es odiosa, llena de cadáveres flotantes, de carcasas compradas para una ex mujer.
¡Qué doloroso silencio el de las naves postradas! Es como arribar a la tierra conquistada después de una larga guerra. Los soldados amnésicos toman de una jarra, ríen, se dan palmadas. El río interior les pregunta: a qué hemos venido? Desde la playa, a unos kilómetros de la casa, me siento indefensa. Yo también he olvidado mi victoria.

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